O más bien lo que no vi. Pues lo único que note fue el aire
a mi alrededor chocando contra mi cuerpo y colocándose entre mi ropa. Todo era
negro. Oscuridad, frío, nada. Grite, pero no llegue a escuchar mi voz. Tenía
miedo, más que nunca; pues todo aquello me recordó al sueño de la noche
anterior.
Seguí cayendo, noté como todo giraba a mí alrededor. Y por
fin noté el suelo húmedo bajo mi cuerpo.
Mis manos se acerraron a la tierra, intentaba levantarme.
No podía, mi cuerpo no respondía
Eso es Gema, lo estás
haciendo muy bien.
Dios, ¿que había hecho? Estaba segura de que aquella voz no
me quería dañar?
Respire entrecortadamente, me dolían los pulmones.
NADA.
Volví a caminar por el terreno de mi sueño. Todo oscuro y
luz, pero vacío, todo una gran cantidad de nada.
Estaba de pie, sola, ya no podía respirar con normalidad,
pero la tierra ya no estaba allí.
Estaba de nuevo sola, sola del todo, pues ya no escuchaba la
voz de aquella odiosa mujer.
-¡David! - grite desesperada- no sé cómo cuanto tiempo grite
de esa manera, pero nada cambió.
Cuando por fin me recobre, abrí los ojos lentamente, parpadeando,
entreviendo las pestañas oscuras contra la luz que me rodeaba.
-¿Da-David?-pregunte con voz pastosa
-Estoy aquí gema, tranquila, descansa.
Hazle caso
-¡No!- exclame-No os pienso hacer caso.
David me miro interrogativamente, pero no le dije nada, y me
volví a dejar caer en la cama. Estuvimos en un incómodo silencio, mientras me
preguntaba qué había pasado, sabía que era un sueño pero parecía tan real que
llegue a creérmelo.
Me estuve preguntando quien sería esa extraña mujer, pero no
hallaba respuestas, y creedme, lo intente. Mientras que David y yo vivíamos
aquel silencio incomodo, me atreví a romperlo y sin pensarlo antes, le dije:
-¿Quién es esa mujer?
El me miró confuso, no sabía de qué le hablaba o amenos lo
aparentaba, pero yo estaba segura de que él lo sabía, no sé cómo, pero mi
instinto me impulso a seguir:
-No te lo voy a preguntar más veces, ¿Quién es esa mujer?
El no quitó la mirada del suelo, era como si tuviera miedo a
contestar pero finalmente dijo con la voz temblorosa.
-No sé de qué me estás hablando Gema, no sé qué voz es esa-
hizo una pequeña pausa y continuó- lo mejor es que me valla y te deje descansar
un rato.
-No- grité enseguida- sé que lo sabes, dímelo.
- Ya te he dicho que no sé de qué se trata, deja de
insistir.
-no, no dejare de insistir, hasta que me lo digas.
-Gema por favor, estoy cansado, quiero irme a mi casa.
Se levantó, se dirigió hacia la puerta, pero antes de que
tocara el pomo, logré alcanzarle yo antes, y cerrar la puerta. Me coloqué
delante suya, mirándole con rabia y con tristeza. Necesitaba su ayuda, sabía
que preguntando por esa voz no conseguiría nada. Así que decidí dejar ese tema
a parte y preguntarle por la caja. Le lleve hasta la cama y le senté en ella,
me senté a su lado y empecé el interrogatorio:
-Si no vas a hablarme de esa estúpida voz, dime que es esa
caja.
Me miro confundido pero no mostraba una gran sorpresa por el echo de que le preguntase aquello; parecía esperárselo.
-No sé de qué caja me hablas.-susurró.
Me levante a por la caja.
-Te hablo de esta caja y de lo que contiene dentro.-dije exasperada.
Me miro con ojos dudosos, pero aun así, no me rendí y seguí
preguntando.
-No pongas esa cara. Sabes tan bien como yo que conoces lo
que significa su contenido.
-Te has puesto pesada Gema, ¿cómo te tengo que decir que nose
de que me hablas?-ahora parecía un poco mas enfadado y acercó su cuerpo mas al mío.
-¿Y por qué no te creo?-yo también me iba enfadando por momentos.
¿Cómo podía ser tan cabezota? Si él no sabía nada, no lo sabría nadie.
Dios... Me había acabado por creer su historia de la magia. Era la única opción mas racional a parte de que estubiese loca, y eso me iba a costar mas aceptarlo.
-Porque eres muy cabezona y no te lo quieres sacar de la
cabeza.
-Eso solo me pasa cuando estoy segura de algo.-me acerqué mas a él; notando su respiración acelerada por la ira contra mis labios.
Aquello era lo mas cercano a un beso que habíamos tenido.
-Tu siempre estas segura de todo, ¿ y sabes qué?, que casi
nunca tienes razón y que siempre quieres llevarla.- Soltó todo el aire que contenía en sus pulmones. Ya había dicho lo que tenía que decir.
Esa discusión me hacía pensar que ocultaba algo, pero con el
tono de voz, y con lo fuerte que me gritó en aquella ultima frase, me
desconcertaron al momento, no sabía como reaccionar, y sin darme cuenta, mis
labios dijeron:
-Largo, de aquí.- Me aparté de él rápidamente.
Él se fue sin pensárselo dos veces, pero yo no quería que se
fuera, estaba convencida de que esas palabras no las había podido decir yo,
pero parecía que sí. En el momento que se fue me quede pensando en su última
frase “Tú siempre estas segura de todo, ¿y sabes qué?, que casi nunca tienes
razón y que siempre quieres llevarla”. ¿Y si era verdad lo que decía?, ¿y si me
había sobrepasado con él?,¿Cómo me dirigiría a él al día siguiente?
Gema, ¿Por
qué has hecho eso?, él te podía ayudar y has desaprovechado una oportunidad y
además…
-Escúchame, no sé quién eres ni porque estas en mi cabeza
pero cállate ya, no te soporto
Yo solo intento ayudarte a ir por el camino correcto, y
además, te estas equivocando, vuelve a dormir...
Me quede inmóvil, frente al
espejo, ¿esa voz me había contestado?, no podía ser pero lo había hecho; estaba
aterrorizada. Una cosa es que me hablara con frases que no tienen sentido, pero
que me contestara, eso no era normal. Tenía miedo de pensar y de que aquella
voz me escuchara. En unos minutos me eche a reír, la única conclusión que
obtuve fue que estaba tan obsesionada, que mantenía conversaciones conmigo
misma, era una estupidez, pero lo único razonable que sacaba.
Pensé en contárselo a mi madre, suponía que estaría en la
cocina, pero al final me acorde de que estaba sola en aquella casa. Fui a su
habitación, la observe fijándome en todos los detalles, en realidad no entraba
mucho allí. No sé por qué pero mis padres me decían que entrara lo menos
posible, y que por supuesto no tocara nada, pero aunque yo era una chica buena
y obediente, a veces me gustaba saltarme las normas.
Lo que más me decían mis padres es que no tocara un viejo
baúl, que había postrado a los pies de su cama, pero ¿por qué?